CARNAVAL EN TACABAMBA
El carnaval es una fiesta universal, pero hay países que se destacan por la grandeza, pompa y atracción turística , tal es el caso de Brasil.
El Perú también tiene gran peculiaridad carnavalesca en sus diferentes regiones, pero sobresalen Puno y Cajamarca.
El carnaval cajamarquino es tan tradicional como antiguo, y no solamente en la capital del departamento o Región, sino en sus provincias y distritos, bastaría mencionar entre ellos a
Celendín y Tacabamba respectivamente.
Imagino a mi pueblo celebrando actualmente el carnaval, con las innovaciones del Moderno Carnaval Cajamarquino de la Capital. También los adelantos que haya experimentado el de Chugmar, prestigioso centro poblado.
No vendría al caso hacer una descripción actual de esta festividad pagana, y lo digo así  porque tiene visos religiosos no cristianos o anticristianos, aunque veleidosos o pasajeros, pero de gran simulación diabólica o de otro dios, el de la alegría desbordante o dios MOMO como se le da en llamar.
Antes bien, creo hacerlo mejor, transportándome por el camino de los recuerdos, al carnaval de antaño, tan costumbrista, jocoso e idiosincrático, que nos hará vivir momentos de
añoranza y sentirnos orgullosos de nuestro pasado folklórico, como un valor más de nuestro prestigioso terruño.
En mi niñez, cuando veíamos al “Totar” en sus faenas diarias de aguatero, al servicio de muchas familias, que lo retribuían con el alimento, ropa y propinas, mis padres y abuela comentaban: “Así como se ve al Alcibiades Núñez, alias Totar, viejo, alto, enjuto, pero ágil y diligente en su oficio de llevar en baldes el agua desde las piletas a los hogares, tuvo en su juventud una época de oro, era músico, tocaba la armónica, dirigía un grupo orquestal con seis integrantes y elegante, asistía contratado a las fiestas familiares. Pero gustaba mucho de los carnavales, solía salir algunas noches pre carnavalescas, acompañando musicalmente a las comparsas de jóvenes que disfrazados recorrían las calles y visitaban las tiendas y hogares que daban su contribución para la celebración del carnaval. Incansables entonaban ya el tradicional Arriba Caballo Blanco Siluló”.
Posteriormente, las comparsas callejeras disfrazadas de diablos y pancracias eran acompañadas por numerosos grupos de jóvenes y niños que silbando , palmas y bombo tocaban el famoso Carnaval Cajamarquino. Algunas noches la Municipalidad ordenaba la participación de su banda de músicos. Y mucho después, los parlantes de Radio Municipal animaban estas salidas nocturnas, con el carnaval limeño traído en discos de carbón.
Todos estos días previos a los carnavales de domingo, lunes, martes y miércoles de ceniza, se ultimaban los preparativos para la gran fiesta. Habían personajes especialistas en confeccionar las máscaras (“máshcara” en el original léxico serrano cajamarquino). Entre otros: los hermanos Ayala de la Cruz del Puente, don Felipe Herrera “Joija” e hijos, Augusto Burga “Burgolea” los hermanos Segundo y Asunción Gómez del Alto Perú, en la Escuela 63 se enseñaba en el curso de Trabajo Manual.
Los diferentes barrios de la ciudad y en algunas campiñas o centros poblados, se perfilaban las paradas de las “unshas” (después se ha dado en llamarlas yunsas, como en otros lugares no cajamarquinos) las mismas que eran colocadas en las intersecciones de las calles o en un lugar destacado o visible. La unsha de la plaza de armas era la más importante, pues la vestían con los obsequios de las mejores tiendas comerciales. No faltaban las camisas de céfiro, pantalones de dril, pañolones de lana, herramientas, gallos de pelea en jaula, baldes de latón y tachos de hojalata, frutas, escobas, serpentinas, globos, cañas, culminando con la bandera peruana en la parte más alta del palo de árbol preferentemente sauce que se utilizaba y que era llevado desde su lugar de origen al sitio determinado en hombros de multitud de entusiastas cargadores.
Gran entusiasmo despertaban los concursos de disfraces carnavalescos, tanto de adultos, como infantiles, con premios y fiesta bailable.
Menudeaba la chicha y el aguardiente en las esferas populares y la cerveza alemana , el vino Cinzano y el pisco en los personajes notables.
Por generaciones acostumbraban disfrazarse para las comparsas, todos los años casi las mismas personas. Las caretas eran representaciones diversas, pero las más caracterizadas eran los diablos y sus mujeres las pancracias, liderados por el diablo mayor que era el más temerario que usaba rabo largo, zapatos grandes y polainas, esgrimiendo el látigo más grande hecho de soga de cabuya sacada que hacía reventar en las esquinas. Este típico personaje fue desempeñado por décadas por el famoso “Cabo Shoro” o «Cabo Tuza» (Tomás Cayatopa , de las Tunas).
La comparsa diabólica presidía y también iba a la retaguardia del corso de la Reina y sus hermosas damas, cuyas elecciones duraban por lo menos quince días previos a los carnavales. Corso elegante que era el lance de honor y desembolso económico de las principales familias.
Si de música se trata, allí estaban: La Banda Municipal de Músicos, la Banda Unión y Progreso de Cumpampa, los grupos de guitarristas, mandolinas y rondines como los del Totar, el Tobías Mono (Tobías Romero) y otros. Infaltables las bandas típicas de quenas, y los cantores de salón con guitarra y con cajón. Desde ya se cantaba hasta el cansancio el Carnaval de Cajamarca o de Celendín, que con diferentes variantes, la letra decía lo siguiente:
Arriba caballo blanco – Siluló (bis)
sácame de este arenal – Guayluló (bis)
Porque tengo un desafío – Siluló (bis)
el martes de carnaval – Guayluló (bis)
Porqué has venido tan triste – Carnaval (bis)
si eres fiesta de alegría – carnaval. (bis)
Carnaval, carnaval, siempre te he de recordar,
carnaval, carnaval, nunca te podré olvidar.
Los bailes populares en las casas, en las esquinas y bajo las unshas, los bailes sociales en los salones de la Municipalidad o en las salas de las familias más distinguidas como lo eran los “hacendados”.
Entre las comidas, en las que nunca faltaban los cuyes y gallinas, abundaban las pelas de coches (chanchos) con sus consabidos platos de chiclarrones, frito, carne sancochada, rellenas salchichas y pellejos. Pero lo que caracterizaba más al carnaval eran las suculentas lapas de SANCOCHO con punta y mate de caldo de sancocho aparte. Potaje con variedad de ingredientes: yucas, ricachas (arracachas) repollos, camotes, papas, cayguas, etc, con carnes
de res, carnero y chancho, incluyendo su atocinado pellejo. Delicia culinaria que era servido desde las bateas en las lapas, mates y platos y cuyo sobrante era material carnavalesco que se echaban sobre las cabezas de los fiesteros.
Los señoritos (jóvenes decentes) jugaban carnavales, además del agua, con globos, talco, serpentinas, papelillos o mixtura, chisguetes de éter, etc.
La muchachada echaban agua, con depósitos de toda índole, con globos, jeringas de hojalata con bitoque y de berenjena verde. Polveaban con tierra blanca molida del cerro Chalpón, a
veces con colorantes y envasados en cajitas, oficio tradicional de las hermanas Clara y
Carmela Cardoso Sánchez, entre otras.
Don Absalón Salazar Fonseca, además de dedicar sus poesías a las féminas, les arrojaba las frases de amor en rollos de serpentinas, desde la calle a los altos balcones. Usaba para esto una escopeta de su inventiva, que se convirtió en la sensación por muchos años. El miércoles de ceniza recién terminaba impropiamente el carnaval, con el Entierro de Ño Carnavalón o Diablo Mayor, con el llanto de las pancracias y el cortejo fúnebre con dirección al panteón (así se le llamaba al cementerio). En las esquinas se leía el testamento del difunto diabólico, en el cual se criticaba duramente a los personajes del momento y a las autoridades, lo cual, agravado con el flato de tres días de jarana chupística, muchas veces provocaba serios enfrentamientos o pendencias.
No pocas veces, las damas y caballeros que acudían temprano a la misa de este día, en las que ritualmente el sacerdote les colocaba la ceniza en la frente, se encontraba éste con la sorpresa de que los feligreses estaban pintarrajeados con anilina verde o roja. Es que los “palomillas” se adelantaban para colocar estos tintes en las piletas o depósitos de agua bendita que estaban a los costados de la entrada del templo, y como todos tenían que humedecer en ellas sus dedos mayor y anular para signarse en la frente la señal de la cruz, sin saberlo ya estaban carnavaleados.
Carnaval de mi tierra, carnaval, repercute ahora en las colonias tacabambinas de Jaén, Bagua, Nuevo Cajamarca, Chiclayo, Trujillo, Lima, etc. que celebran animosos este acontecimiento festivo todos los años.
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